–¿Te vai’ temprano hoy?– me preguntó la Olguita con su sonrisa llena de arrugas. Con destreza, sus manos expertas se encargaban de extraer meticulosamente la espina del pez
–Si, por el cumple de la Kira– le respondí poniendo los pescados en el otro rincón. El olor a mar llenaba el ambiente, como siempre, pero aquel día se hizo más penetrante, casi avasallador. La intensidad del aroma marino me causaba una mala pasada, despertando una repugnancia difícil de ignorar.
–Esta grande…el otro día la vi– me contó divertida por la conversación. El trabajo en la caleta podía resultar largo y monótono, como si el tiempo se suspendiera en las olas. Pero la charla de Olguita era siempre un alivio, apreciábamos la conversación tanto como cualquier otro trabajador.
–¿La Kira? ¿Dónde andaba?– le pregunté riendo con complicidad. Mi hija siempre había sido inquieta y curiosa, explorando incansablemente la playa, recolectando conchas o aventurándose en el agua. A pesar de que yo ya no las acompañaba.
–Ahí saliendo de la escuela– me contó jugando con espina entre sus dedos.
–Oye, ya me voy yendo– dije quitándome el delantal para dirigirme a la casa. Tenía que hacer la torta de la Kira, pero por lo menos los bizcochos estaban hechos y frescos en el refri.
La Olguita me despidió de beso en la mejilla y me deseo suerte con la celebración. Me fui caminando por la costa, aún con el olor a mar impregnado en mi ropa. Al llegar a casa, me puse manos a la obra para arreglar todo en el menor tiempo posible antes de ir a buscar a las niñas a la escuela. Me sentía un poco apresurada, además de agotada por el trabajo, pero hice mi mejor esfuerzo para lograr que fuera una celebración digna de mi princesa. Preparé la torta con todo el cariño que pude, aunque debo admitir que no era muy diestra en la repostería. Intenté escribir "feliz cumpleaños" con un delicado trazo, pero mi pulso no me acompañaba del todo y el resultado fue un torpe "felis cumpleamos".
Aproveché el tiempo restante para decorar la casa con los globos que había comprado el martes. Colocaba cada adorno con esmero, imaginando las sonrisas de las niñas. Finalmente, llegó el momento de ir a buscarlas a la escuela. Salí apresurada y con una mezcla de nerviosismo y emoción en el pecho. Sabía que quizás no había preparado todo como una experta, pero esperaba que mi esfuerzo pudiera compensar cualquier detalle menos perfecto. Al encontrarme con Kira y sus amigas, sus caritas se iluminaron al verme.
–¡Mamá, mira lo que me regalaron!– exclamó Kira mostrándome una bonita tarjeta y un dibujo hecho por sus amigas.
–Mamá ¿podemos ir a la playa?– me preguntó mi otra niña, Natalia. –Es que queremos mojarnos los pies– me suplicó con su carita de perrito, sabiendo que era mi debilidad.
A mí no me gustaba ir a la playa, no desde que Lucas se fue, el mar siempre sería el testigo silencioso de mi primer amor, de esos días en que lo conocí y mi mundo cambió para siempre. Me cautivaron los paseos por la playa, las risas bajo el cielo estrellado y sus falsas promesas de un futuro juntos. Lucas era un intrépido marinero, que me enamoró con sus palabras y su cálida sonrisa. Durante un tiempo, pensé que podría ser su mayor amor y que juntos construiríamos un futuro especial. Sin embargo, el mar era su verdadera pasión y simplemente no podía ignorar el llamado de las olas.
A pesar de la melancolía que sentía en mi corazón, decidí dejar de lado mis sentimientos y asentí a la propuesta de mis hijas. Nos quitamos las chalas y comenzamos a caminar por la suave arena de la playa, acercándonos cada vez más a la costa, hasta que finalmente, el mar besó nuestros pies. Las risas y los gritos de alegría de mis hijas llenaban el aire mientras buscaban conchas y caracoles en la orilla. Me maravillaba ver cómo disfrutaban de aquel momento tan sencillo y cómo su inocencia y entusiasmo iluminaban la tarde. Yo, por mi parte, me sumergía en la contemplación del mar. Su inmensidad parecía infinita, casi tan azulado como yo. Me preguntaba de cuántas historias habría sido testigo a lo largo del tiempo. En medio de mis pensamientos, juraría que el mar también se enamoró en ese instante. Como si supiera que una madre y sus hijas habían regresado a su orilla, como si percibiera la conexión que teníamos con él y cómo nuestras almas se entrelazan con la grandeza de sus aguas.
Quizás, en ese momento, el mar extrañaba tanto como mi corazón los días en los que Lucas y yo caminábamos juntos por la playa, con el viento acariciando nuestros rostros y el amor como cómplice de nuestras emociones. Caminamos a la casa dejando nuestras huellas en la arena, Kira andaba un poco más adelante apresurándose, debía haber estado demasiado emocionada por su celebración. Al llegar a casa, nos encontramos solamente las tres: Kira, Natalia y yo. No teníamos familiares cercanos para celebrar con nosotras, pero eso no nos desanimó en lo absoluto.
Después de disfrutar de la deliciosa torta y los bocadillos, decidimos hacer nuestra propia fiesta en casa. Encendimos música alegre y nos pusimos a bailar en el salón, riendo y saltando como si no hubiera un mañana. Kira y Natalia tenían tanta energía que parecían rayos de sol iluminando cada rincón de la casa. Al menos era así hasta que cayeron rendidas en sus camas, me despedí de un beso y me dirigí a mi habitación. Me quedé allí, mirando por la ventana unos minutos. El murmullo del mar, que en las mañanas era suave y apacible, ahora era oscuro y sereno. Las olas rompían contra las rocas, su sonido me resultaba reconfortante. Finalmente, me acosté en la cama y me fui a dormir.
Me desperté al día siguiente con la arena aún en mis pies. Me levanté y me asomé por la ventana para ver el sol pintando el cielo. Preparé el desayuno para mis hijas y las desperté con besos y abrazos. Kira y Natalia se levantaron con energía. Después nos dispusimos a prepararnos para el trabajo y la escuela. Kira se puso su uniforme escolar con entusiasmo mientras yo me ponía mi delantal para ir a la caleta. Nos despedimos con cariño y prometimos vernos después de sus clases.
En la caleta, saludé a Olguita y a los demás pescadores con una sonrisa. El olor a mar me envolvía una vez más, pero esta vez, en lugar de provocar repugnancia, lo abrace. Comencé a trabajar con dedicación, extrayendo las espinas de los pescados con destreza.
–¿Cómo estuvo el cumpleaños?– me preguntó la Olguita.
–Bien fíjese, fuimos a la playa–
–Ay que lindas las niñas–
-–Siempre– le contesté con dulzura y nos quedamos en silencio durante el resto de la jornada.
Al caer la tarde, terminé el trabajo en la caleta y me dirigí a buscar a mis hijas a la escuela. Las encontré junto con sus amigas, compartiendo secretos. Preparé la cena y me contaron sobre su día. Después de la cena, nos preparamos para dormir. Mis hijas se acostaron en sus camas, y yo las arropé con cariño. Les di las buenas noches y apagué la luz de su habitación, dejándoles un suave beso en la frente.
Me dirigí a mi habitación y me tumbé en la cama, sin embargo el murmullo del mar de fondo no me permitía cerrar mis ojos. Así que me puse mi chaleca, mis zapatos y una bufanda para salir y despejar mi mente. Con la noche estrellada que se cernía sobre mí abandoné mi hogar para que mis pies nuevamente tocarán su recuerdo. A medida que me acercaba a la orilla me di cuenta que entre el sonido de las olas al golpear las piedras se hallaba un secreto, que me contaba apenas murmurando. Era casi tan silencioso que no pude oírlo, pero lo comprendí dentro de mí como si mi corazón lo entendiera. En esa oscura noche, me sentí acompañada por el inmenso océano y las hermosas estrellas brillantes que iluminaban el cielo. Y me fui caminando por la costa hacia la casa.
Me volvió a susurrar las noches siguientes, o al menos así lo distinguía. A estas alturas, el llamado del mar se había convertido en una llamada irresistible para mí. Cada noche, después de los interminables días de rutina, sentía la necesidad de volver a la costa. Como si el mar me esperará para charlar y contarme de su día, y yo en el pensamiento le relataba el mío. Pero él lo entendía.
Los días se repetían, una y otra vez. Cada mañana, despertábamos temprano, llevaba a mis niñas al colegio y me sumergía en mi rutina diaria de trabajo. Después, regresábamos a casa, y en ese momento, encontraba mi pequeño escape secreto: ser testigo del mar. Aprovechaba cualquier oportunidad para escaparme sola hacia la costa cercana. En las madrugadas, en las noches, e incluso durante el trabajo. Allí, frente a la inmensidad del océano, sentía que el tiempo se detenía. El sonido tranquilizador de las olas rompiendo en la orilla y la brisa acariciando mi rostro eran un bálsamo para mi alma inquieta.
Pero hoy era diferente, me levanté distinta por la mañana. Era domingo, las niñas dormirían hasta tarde si yo no las despertaba, sus ronquidos llenaban la casa. No tenía ganas de repetir la rutina, así que no fui al trabajo, me escapé al mar. Camine entre la niebla y el frío de la madrugada, acercándome a su inmensidad que me saludaba con su vaivén, tal como si viera a una vieja amiga.
Sentada en la playa, me dejo llevar por su etérea naturaleza. La brisa helada acariciaba mi piel mientras observaba las olas romper suavemente en la orilla. Las gaviotas volaban en el cielo, sobrepasándolo. El sonido constante de las olas me arrullaba, era lo único que me daba paz. Solo encontraba mi refugio contemplando la vastedad del océano, sabiendo que del otro lado estás tú. Es un encuentro del renacimiento, en cada ola se esconde otra parte de mí que me ha esperado desde tu partida. Y en ese basto momento, me volvió a susurrar tal como había hecho desde mi segunda visita. El aire salado llenaba mis pulmones, habrá sido en un momento de valentía que decidí hacerle caso y me adentré en su ser. Fue tal como ser acariciada nuevamente, como escuchar sus “te amo” en el murmuro. Así que seguí adentrándome hasta que mis pies no tocarán el suelo, sabiendo que mis niñas me buscarían luego, aun cuando mis huellas se las llevaba el mar.
Flotando en su abrazo, me sumergí.
Comments