La habitación de la Tía Emilia era un lugar lleno de encanto y nostalgia. Contemplaba la presencia de una pieza única de decoración: un papel mural viejo de color verde, que en un inicio fue de color amarillo, con un delicado diseño de tulipanes que cubría las viejas paredes. A la derecha, se encontraba su cama, con las sábanas y las almohadas ligeramente desordenadas, como si hubiese sido abandonada por un corto instante.
Por otro lado, en el lado izquierdo de la habitación, se erguía majestuosamente el tesoro más preciado de la Tía Emilia: su tocador. Este mueble era una verdadera obra de arte, fabricado con esmero y elegancia. Era completamente blanco y estaba hecho de madera importada de la más alta calidad. Cada detalle estaba cuidadosamente tallado y pulido, dando lugar a una pieza de mobiliario de belleza impecable. Estaba adornado con cientos de cajas que se apilaban alrededor de él, como pequeños tesoros guardados en su interior. Cada caja contenía desde cartas amarillentas hasta fotografías en sepia, pasando por joyas y llegando a sus labiales.
Tan pronto como la Tía Emilia ingresó a la habitación, se dirigió directamente al tocador y se sentó en el taburete de madera acolchado. Mientras se miraba en el espejo, una expresión de disgusto se apoderó de su rostro. ¡Qué horror! La vejez había dejado su huella en ella, trayendo consigo esas malditas arrugas que se asentaban en su rostro como pequeñas colinas invertidas debajo de sus ojos. Sus pestañas, que antes eran exuberantes, se habían vuelto escasas, apenas produciendo un parpadeo. Su tez pálida la hacía parecer un fantasma, y sus ojos tenían un color aburrido, un marrón de color caca, solía decirse a sí misma. Y sus labios, ¡oh, sus labios!, estaban completamente desprovistos de volumen debido a su constante succión.
Decidida a hacer un cambio, la Tía Emilia se dijo a sí misma: "¡Ya no más! No puedo permitirme verme tan horrorosa". Sacó de las cajas de color morado cartón, unas tijeras y pegamento. Con habilidad, recortó un sinfín de pequeños triángulos delgados hasta tener un centenar de ellos. Luego, con cuidado, los pegó en la zona de sus ojos con el pegamento, logrando así las tan deseadas pestañas. Aunque aún parecía una muñeca de trapo, al menos tenía un toque más animado en su mirada.
Seguidamente, extrajo de la caja naranja un marcador de color azul y con él pintó sus púpilas, deshaciéndose del desagradable marrón que las caracterizaba. A pesar de que sus ojos comenzaron a llorar por el contacto con el marcador, se fueron tiñendo de un hermoso mar azul que ahora resplandecía en su mirada.
Ya solo quedaba lidiar con la palidez en su rostro, que le confería una apariencia casi cadavérica y le robaba por completo la vitalidad que alguna vez la caracterizó. Para contrarrestarlo, decidió golpear sus mejillas con fuerza durante 10 minutos, hasta que estas adquirieron un tono rojizo. Se convenció a sí misma de que era un rubor natural, intentandorecuperar un poco de ese antiguo fulgor. En cuanto a sus labios, tomó una botella que tenía en su velador y colocó la boquilla en ellos, succionando con fuerza hasta que se volvieron más voluminosos de lo que habían sido antes. El resultado fue un color rojo espantoso y desencajado, que contrastaba bruscamente con su rostro.
Finalmente, solo quedaban las arrugas como último obstáculo. Sin pensarlo dos veces, descolgó la ropa de la terraza y utilizó los perros de la prenda para estirar y tensar su piel. Aunque el proceso fue incómodo, ella se convenció de que el resultado era completamente hermoso, creyendo haber encontrado la solución para deshacerse de las arrugas.
La Tía Emilia se miró con satisfacción en el espejo, admirando el rejuvenecimiento que había logrado y la nueva energía que la aguardaba en el futuro. Sin embargo, su alegría se vio interrumpida cuando algunas de las mejoras que se había aplicado comenzaron a desvanecerse. Desesperadamente, intentó volver a colocar todo en su lugar, luchando contra los obstáculos que surgían.
En ese momento, su sobrina apareció por el pasillo para avisarle sobre el desayuno. Asomándose desde la puerta de la habitación, observó el caos de cartones y pegamento que se había desatado. Pensó para sí misma: —Así que esto es ser mujer.—
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